EL CAMPEONATO DE MI VIDA·Relatos de fútbol

Un gol en contra

Estábamos eufóricos cantando nuestra victoria, en cuero, agitando nuestras remeras, saltando como para no dejar que la transpiración se seque. No era para menos, le habíamos ganado a los pibes del otro barrio, era nuestro clásico desde aquella vez que perdimos 4 a 1. Jugar contra ellos era una motivación extra y los festejos comenzaban en el vestuario pero terminaban en el bar de la equina. Entre tanto descontrol, sumado a que los pibes me llevaban cargando por haber convertido el gol de la victoria, había olvidado mi bolso en el vestuario y tuve que volver por él. Al entrar, voy directo a mi casillero y escucho que corría agua por una de las duchas. Alguien olvido cerrarla o todavía se estaban bañando. Debía asegurarme, entonces grite.

  • ¿Quién se está bañando? –

La respuesta tardo un poco en llegar, pero alcance a reconocer la voz en seguida. Sonaba como si le hubiera entrado jabón en los ojos, con poca seguridad.

  • Soy yo boludo, ya salgo. Te alcanzo en el bar –

Claro, era Ricardo y estábamos solos. No podía desaprovechar esa oportunidad, ese regalo caído del cielo para jugarle una broma en una situación inmejorable, porque nadie esta tan vulnerable que cuando está desnudo y mojado. Fui hasta la parte del vestuario donde se encontraban las cosas de limpieza, agarre un balde de los que se usa para repasar los pisos, lo llene con agua fría y fui despacito hacia las duchas. Sin correr la cortina, levante el balde por encima de ella y se lo vacié entero. Inmediatamente y para mi sorpresa, no hubo risas seguida de mi broma, porque los quejidos detrás de las cortinas salían de dos gargantas diferentes. Ricardo no estaba solo, estaba nuestro enganche y estrella del equipo; el Tata. Al verlos ahí no supe que pensar, había duchas de sobra ¿Qué hacían juntos en la misma? Se me nublo el juicio, me broto la bronca. Tome mi bolso y salí del vestuario lo más rápido que pude. No me detuve por nada, no le preste atención a los gritos de Ricardo que imploraban que volviera, que no lo dejara así. Yo estaba tan aturdido que me volví directo a mi casa, intentando en el camino entender la situación. Porque resulto ser que a mi amigo y compañero de equipo, le gustaba el fútbol y patear para el otro lado.

La semana siguiente fue rara por completo. Ricardo dejo de hablarme, no me miraba, no soportaba mi presencia, se alejaba cada vez que yo intentaba acercarme. Para que lo entiendan mejor, no me devolvía una pared, no me tocaba una pelota aunque estuviera libre, se las comía todas. No encuentro una mejor forma de explicar lo solo que me sentía, Clara tenía razón, solo entiendo la vida a través del fútbol. Mi sabiduría se basa en ver rodar la pelota, yendo de un pie a otro, sabiendo que algunos la tratan bien y otros no saben lo valiosa que es. La veo con la rebeldía de un penal errado, de un tiro libre a la tribuna, de una buena definición que pega en el palo. La veo con la hermosura y la simpleza de un gol al ángulo, entrando sin pedir permiso entre el palo y el arquero, en una empalada tres dedos que termina acariciando la red pese al esfuerzo del defensor por sacarla en pleno vuelo. Y si, tal vez no entienda nada de la vida pero el fútbol me enseña día a día todo lo que se.

Llego el domingo, última fecha de la temporada. Había pasado un semana horrible, sin comparación alguna. Por suerte no trascendió hasta ese día lo sucedido en el vestuario. Mi boca estaba sellada y nada saldría de ella. El Tata estaba muy agradecido por mi silencio, él sabía muy bien que algún día debía enfrentar la verdad, pero el vestuario es el hogar de una familia y nada debe atravesar las paredes que encierran ese lugar. Es una ley implícita, un acuerdo no dicho que respetamos todos. Porque después hay que salir a la cancha a pelear por un mismo objetivo. Sin embargo, en pleno partido, Ricardo seguía ignorándome. No había podido explicar mi reacción de esa tarde, el no dejo que le expresara lo que sentí. Íbamos en una contra, 4 contra 2, el Tata comandaba y la abre a la izquierda para el Bocha que se la rebota de una para Ricky. Yo venía a toda marcha por la derecha entrando al área grande, se la pido y no me la da. Tuve que frenar para no quedar en fuera de juego, doy un paso hacia atrás y se la vuelvo a pedir pero el sigue en su juego individual. El defensor le sale a achicar, el recorta con una gambeta larga hacia fuera y lo deja parado. Va hacia la línea de fondo, donde ya no tenía ángulo para pegarle al arco y yo esperando en el punto penal por un centro que jamás llego porque prefirió rematar igual. La pelota  se quedó mansa en las manos del arquero, que no tuvo que hacer ningún esfuerzo. Me odia, en otro momento yo era su primera opción y si no tenía pase para mí, algo inventaba para dejarme libre. No somos nada, que solo me sentía. El partido continuaba en esa misma línea, atacábamos sin poder convertir y Ricky seguía sin darme una bocha. Estábamos en el tiempo adicional del primer tiempo, cuando el árbitro pita tiro de esquina para el otro equipo. Yo que normalmente me quedo en la mitad de la cancha para un contra ataque, baje a defender con todo el equipo claro, después del tiro de esquina no había tiempo para un contra rápida. Los ataques de pelota parada eran los únicos que les podían dar buenos resultados a ellos, no tenían un buen manejo de balón. El 10 zurdo tira un centro cerrado al área chica, nuestro arquero sale con los puños a despejarla pero el balón se dispara hacia arriba mientras el uno se desparrama en el suelo. El arco queda sin protección, la pelota va descendiendo sin dueño y con un efecto traicionero hacia el costado del área grande, Ricky va hacia ella para intentar despejarla contra el lateral, sabe que no puede dejarla picar porque el efecto lo dejaría pagando. Su plan era el adecuado, pelota al lateral y final del primer tiempo; pero algo salió mal. Le pego mordido, con la caricia suficiente como para que la pelota entrara sin obstáculo alguno, en nuestro propio arco. El público rival enloqueció dejándonos aturdidos, Ricky se arrodillo en el pasto agarrándose la cabeza con ambas manos; estaba desconsolado. Ni la gente del público, ni sus propios compañeros ayudaron a que se sintiera mejor. Lo insultaron, le gritaron, le tiraban cosas, pero nadie fue a consolarlo. Yo se lo que se siente estar tirado en el césped, cuando ganamos estamos todos de pie saltando pero cuando perdemos ¿Quién se queda? Nadie, se rajan todos. Bueno, yo no, yo fui corriendo desde donde estaba, me arrodille delante de él y lo abrace ante la mirada de todos esos idiotas que le bajaron el pulgar. Ricky sintió inmediatamente que yo estaba ahí firme con él, bancando fuerte los trapos, bancando la agitada al lado suyo, porque no importaba contra quien íbamos, si contra los domadores de leones, contra todas las hinchadas o contra nuestro propio equipo. No importaba nada, siempre íbamos a ser los dos contra el mundo si así debía ser.

  • Vamos, vamos que queda el segundo tiempo todavía –

Lo arengaba mientras ayudaba a que se ponga de pie. Mire a mis compañeros de mala gana, entendieron al toque que perdemos y ganamos todos juntos, que nadie se baja antes de tiempo. Me pare frente a la hinchada y con las palmas hacia arriba los obligaba a que alentaran por nosotros. Y con el aliento de la gente a nuestras espaldas nos metimos en los vestuarios. Teníamos 15 minutos para enfriar la cabeza y salir a ganar, pero yo no podía dejar de pensar que además de lo que había hecho, mi amigo necesitaba mi palabra. Espere a que todos salieron de nuevo para la cancha y lo aparte del grupo. “Lo que pasa en el vestuario, se soluciona en el vestuario” comencé a decirle, estaba un poco nervioso por lo que tenía que blanquear. Porque yo no sé elegir o decidir, siempre me quedo con la opción que sobra por descarte. Aquella tarde cuando descubrí lo que mi amigo me ocultaba, no me la banque y me fui. Me fui por bronca, porque ese tipo que yo consideraba mi hermano me mentía en la cara todos los días.

  • No confiaste en mí, no fuiste capaz de decirme en la cara las cosas que sentís –

El fútbol como siempre es mi ejemplo a seguir para todo. Está claro ¿no? Me das el balón para que yo defina porque sabes que así va a ser, me la tocas convencido de que te la voy a devolver porque sabes que somos los albañiles de las paredes del equipo, me la prestas porque sabes que no te voy a defraudar, que nadie la va a tratar mejor que yo. Entonces, si confías en mí para eso, no dudes de mí en nada. Si en la cancha soy tu único jugador libre, tenés que entender que en la vida voy a ser el único que siempre va a jugar a tu favor, siempre en tu equipo. Así te vivo la vida, fuerte, yendo a trabar cada pelota como si fuera la última, con alma y corazón.

  • Por eso reaccione así cuando los descubrí, porque me estabas dejando afuera loco. Yo tengo que jugar todos tus partidos, a mí no me podes dejar en el banco papa –
  • Vos conmigo, sos titular en cualquier cancha salame –

Ya con eso estaba conforme, con saber que de ahora en más todas las pelotas las bajamos juntos y si hay que reventarla salimos en bloque.

  • Eso sí, afuera de la cancha patea para donde quieras pero adentro no te quiero ver patear en contra nunca más –

Y ahí salimos a la cancha. Fuimos a comernos al rival y terminamos ganando el campeonato. Descubrimos que la fortaleza mucha veces viene después de caernos. El fútbol me enseño eso, a ir siempre para adelante y si hay que retroceder que sea solo para no quedar en fuera de juego.

Anuncios

2 comentarios sobre “Un gol en contra

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s