HISTORIAS CORTAS

Buenos vecinos

Venía distraído en mi bicicleta, haciendo memoria de a qué hora empezaba el partido fútbol para poder llegar a tiempo. Cuando de repente golpeo con la rueda delantera a una enorme piedra. Inevitablemente caigo al suelo sin más reflejos que cerrar mis ojos para rebotar con la cara, como si mis manos estuviesen atadas. Me dolía todo el cuerpo pero me levante de prisa para hacer de cuenta que era un movimiento habitual en mí (Claro, acostumbro a caer a diario). Una vez de pie, mire hacia los cuatro vientos revisando que nadie me vio, no me gusta que se popularice mi torpeza. Para mi vergüenza y la risa ajena, le había alegrado el rato a un vecino que estaba asomado a la ventana. Me subí a mi bici, le di el tiempo suficiente para que ya dejara de parecerle gracioso y, al menos saliera para corroborar que estaba sano y salvo. Lo mire una vez más acusándolo con mis ojos al notar que no salía de su actitud burlona y masticando bronca di media vuelta y me fui.

Al llegar a casa, fui directo al baño. Me saque el pantalón y la remera, puse ambos en el lavarropa. Ya estaba a salvo, cuando mi señora lo vea no habrá diferencia y yo me salve de una discusión. En ese momento se me vino a la mente una frase que siempre decía mi abuelo, “Los machos se acabaron mucho antes de que se inventaran la pólvora. Fue cuando inventaron el matrimonio”. No sé si la frase se aplica a todos, ni tampoco digo que mi abuelo era un sabio, solo digo que prefiero un balazo en el pecho a tener que escuchar los gritos de mi esposa. De repente algo me parecía extraño, llevaba un rato largo pensando en silencio. “¿Por qué hay tanto silencio?” en casa eso no abunda. Que rara forma de pensar tenemos algunos, yo por ejemplo me estaba quejando de estar en absoluta paz. Aunque tengo mis razones. Siempre al llegar a casa lo primero que se escucha es a mis dos hijos peleando. Me dolía verlos en un conflicto constante hasta que un gran amigo me dijo una vez “el día que llegues a tu casa y nos los escuches pelear, ahí es cuando deberías preocuparte” Subí corriendo las escaleras, cruce el pasillo a toda marcha y abrí sin golpear la puerta.  La imagen valía todo por lo que había pagado en la vida. Se habían quedado dormidos, fundidos en un abrazo que, tal vez imagino, concilio la paz. Me acerque en silencio, la di un beso en la frente a ambos y sin querer el más grande despertó. “¿Ya empezó el partido papi?” Me dijo. “La puta madre, el partido” dije en voz baja. Lo alce en mis brazos y lo lleve al sillón de la sala, frente al televisor. Mientras mi compañero de hinchada buscaba el canal, yo fui en busca de mi cerveza y un vaso de leche.

Ya iban 15 minutos del primer tiempo. Partido aburrido y sin goles o mi mente estaba demasiado dispersa que no estaba prestando atención. No podía sacarme de la cabeza, la sonrisa despreocupada de mi vecino. Que guacho resulto. No voy a ser hipócrita, siempre es gracioso cuando alguien se cae. De hecho, si el accidentado hubiera sido otro, yo todavía me estaría riendo. Lo que me jodió es que no haya hecho una pausa por lo menos para chequear que estuviese bien. Yo que sé, capaz me estoy haciendo la cabeza, tal vez el tipo ni me vio y se reía de otra cosa. O tal vez…

– ¿Qué haces en pelotas en medio de la sala? –

Había llegado mi mujer. Siempre tan intuitiva y yo tan idiota que olvide vestirme. Rápidamente fui a ponerme ropa, como si el partido hubiese dejado de interesarme de inmediato. Luego, acudí al pedido de mi esposa, para bajar las bolsas del auto. En cuanto tome las primeras bolsas, escucho a un hombre insultar al viento repetidas veces. Me asomo a la vereda, veo una camioneta a mitad de cuadra y a un hombre intentando empujarla, sin lograr absolutamente nada. Me quedo parado esperando, hasta que por fin me mira y levanta su mano como saludando, aunque parecía más un pedido de ayuda. Había memorizado tanto aquella sonrisa burlona, que creo haberle devuelto exactamente la misma. Lo salude como un buen vecino, me di media vuelta y continúe descargando el auto.

– Si te reíste de mi, ahora que te ayude tu madre a empujar –

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4 comentarios sobre “Buenos vecinos

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